Una vez hecha una pequeña presentación, creo que deberíamos
empezar a hablar de nuestra profesión, la fisioterapia.
Recuerdo que, por muy pelota que parezca, desde pequeño me
fascinaba esta profesión. Y es que siempre he militado en el club de fútbol de mi
pueblo, Tomares, y en él hubo un entrenador que me marcó mucho tanto deportiva
como profesionalmente, y él la ejercía. Así que en cualquiera de las lesiones
que he tenido y que él me trataba, me encantaba ese mundo de lesiones y
deporte, de poder dedicar tu vida a ayudar en un ámbito tan bonito y que tanto
me aportaba.
Así, me fue guiando para seguir un bachillerato de ciencias
de la salud y conseguir llegar a esta carrera aun teniendo nota para otras
carreras que a otra gente les suele ‘gustar más’ o son ‘más famosas’.
Así inicié mi andadura por la Fisioterapia. Con muchas
expectativas por cumplir así como con grandes dudas sobre qué me depararía el
mundo universitario, principalmente el ambiente que tendría.
En cuanto a esto ni las mejores expectativas que pudiese
tener sobre los compañeros y profesorado se acercarían a la gran familia que
aquí hemos encontrado. Y es que comentando con otros amigos sobre las
relaciones interpersonales en otras carreras, nadie se acerca ni por asomo al
nivel de amistad alcanzado aquí. Y es que no es normal ver salir juntas a más
de veinte personas cada vez que planteamos cualquier tipo de plan.
En cuanto a la Fisioterapia en sí, debo reconocer que el
cerco laboral que mi mente tenía se limitaba básicamente al mundo y ámbito
deportivo, sin llegar a ver mucho más allá de las lesiones típicas como
esguinces, luxaciones o fracturas, tanto en su tratamiento como en la rehabilitación
para proseguir de una manera normal la práctica deportiva al nivel que tuviese
nuestro paciente anteriormente.
Pero, después de casi tres años, y con aproximadamente uno
sólo restante para convertirme en graduado (si todo va bien), estas
posibilidades laborales se han visto bastante incrementadas. No sólo en cuanto
al ámbito deportivo, que también, sino una serie de campos en los que cuando
inicié esta aventura no podría ni imaginar.
Quién me diría a mí, hace unos tres años, que iba a estar en
la unidad de amputados del Hospital Virgen del Rocío, por ejemplo. Y menos que
me fuese a gustar tanto como lo ha hecho, y que no me produjese ningún tipo de sensación
negativa ver este tipo de pacientes o tratarlos. De hecho, creo que de momento
ha sido la estancia que más me ha gustado.
Tampoco me imaginaba en una sala de rehabilitación de
Fisioterapia en uno de los grandes hospitales con tanta gente y con el buen
ambiente que se respira, aunque fuese más o menos fácil de dilucidar que tendría
prácticas así.
Otros ámbitos que me han llamado la atención son la unidad
de Linfedemas, donde realmente hay historias duras y el calor humano es
indispensable, o grupos de rehabilitación de patología vertebral, o grupos de
pacientes que aún no he tenido la oportunidad de tratar en prácticas clínicas
como los pacientes neurológicos, quemados, encamados, pacientes infantiles o
bien en geriatría.
Para mí, aunque puedan existir mínimas preferencias entre
uno y otro, he de decir que esa labor de ayudar a gente que lo necesita me
encanta, y tres años después, decirle a mi yo del pasado que no se equivocaba
en absoluto con su elección, que si tuviese que volver a elegir, haría la misma
una y otra vez.
Así que por ahora, a seguir disfrutando de lo poco que queda
y en la medida de lo posible seguir abriendo ese abanico de posibilidades
laborales y terapéuticas para encauzar mi vida una vez graduado.